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En esta meditación trataremos de
seguir las huellas del Señor en el camino que va desde el pretorio de Pilato
hasta el lugar llamado “Calavera”, Gólgota en hebreo (Jn 19,17). Hoy día este
camino es visitado por los peregrinos que de todo el mundo acuden a Tierra
Santa.
PRIMERA
ESTACIÓN
Jesús condenado a muerte
La
sentencia de Pilato fue dictada bajo la presión de los sacerdotes y de la
multitud. La condena a muerte por crucifixión debería de haber satisfecho sus
pasiones y ser la respuesta al grito: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” (Mc
15,13-14, etc). El pretor romano pensó que podría eludir el dictar sentencia
lavándose las manos, como se había desentendido antes de las palabras de Cristo
cuando éste identificó su reino con la verdad, con el testimonio de la verdad (Jn
18,38). En uno y otro caso Pilato buscaba conservar la independencia, mantenerse
en cierto modo “al margen”. Pero eran sólo apariencias. La cruz a la que fue
condenado Jesús de Nazaret (Jn 19,16), así como su verdad del reino (Jn 18,
38-37), debía de afectar profundamente al alma del pretor romano. Esta fue y es
una Realeza, frente a la cual no se puede permanecer indiferente o mantenerse al
margen.
El hecho de
que a Jesús, Hijo de Dios, se le pregunte por su reino, y que por esto sea
juzgado por el hombre y condenado a muerte, constituye el principio del
testimonio final de Dios que tanto amó al mundo (cf. Jn 3,16).
También
nosotros nos encontramos ante este testimonio, y sabemos que no nos es lícito
lavarse las manos.
SEGUNDA
ESTACIÓN
Jesús carga con la cruz
Empieza la
ejecución, es decir, el cumplimiento de la sentencia. Cristo, condenado a
muerte, debe cargar con la cruz como los otros dos condenados que van a sufrir
la misma pena: “Fue contado entre los pecadores” (Is 53,12). Cristo se acerca a
la cruz con el cuerpo entero terriblemente magullado y desgarrado, con la sangre
que le baña el rostro, cayéndole de la cabeza coronada de espinas. Ecce Homo! (Jn
19,5) En Él se encierra toda la verdad del Hijo del hombre predicha por los
profetas, la verdad sobre el ciervo de Yavé anunciada por Isaías: “Fue
traspasado por nuestras iniquidades… y en sus llagas hemos sido curados” (Is
53,5). Está también presente en Él una cierta consecuencia, que nos deja
asombrados, de lo que el hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato: “Ecce Homo” (Jn
19,5): “¡Mirad lo que habéis hecho de este hombre!” En esta afirmación parece
oírse otra voz, como queriendo decir: “¡Mirad lo que habéis hecho en este hombre
con vuestro Dios”!
Resulta
conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que escuchamos a través
de la historia con lo que nos llega mediante el conocimiento de la fe. Ecce
Homo!
Jesús, “el
llamado Mesías” (Mt 27,17), carga la cruz sobre sus espaldas (Jn 19,17). Ha
empezado la ejecución.
TERCERA
ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
Jesús cae
bajo la cruz. Cae al suelo. No recurre a sus fuerzas sobrehumanas, no recurre al
poder de los ángeles. “¿Crees que no puedo rogar a mi Padre, quien pondría a mi
disposición al punto más de doce legiones de ángeles?” (Mt 26,53). No lo pide.
Habiendo aceptado el cáliz de manos del Padre. (Mc 14,36, etc.), quiere beberlo
hasta las heces. Esto es lo que quiere. Y por esto no piensa en ninguna fuerza
sobrehumana, aunque al instante podría disponer de ellas. Pueden sentirse
dolorosamente sorprendidos los que le habían visto cuando dominaba a las humanas
dolencias, a las mutilaciones, a las enfermedades, a la muerte misma ¿Y ahora?
¿Está negando todo eso? Y, sin embargo, “nosotros esperábamos”, dirían unos días
después los discípulos de Emaús (Lc 24,21). “Si eres el Hijo de Dios…” (Mt
27,40), le provocarán los miembros del Sanedrín. “A nosotros salvó, a sí mismo
no puede salvarse” (Mc 15,31; Mt 27,42), gritará la gente.
Y él acepta
estas frases de provocación, que parecen anular todo el sentido de su misión, de
los sermones pronunciados, de los milagros realizados. Acepta todas estas
palabras, decide no oponerse. Quiere ser ultrajado. Quiere vacilar. Quiere caer
bajo la cruz. Quiere. Es fiel hasta el final, hasta los mínimos detalles, a esta
afirmación: “No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (cf. Mc 14,36,
etc)
Dios
salvara a la humanidad con las caídas de Cristo bajo la cruz.
CUARTA
ESTACIÓN
Jesús encuentra a su Madre
La Madre.
María se encuentra con su Hijo en el camino de la cruz. La cruz de Él es su
cruz, la humillación de Él es la suya, suyo es el oprobio público de Jesús. Es
el orden de las cosas. Así deben sentirlo los que la rodean y así lo capta su
corazón: “… y una espada atravesará tu alma” (Lc 2,35). Las palabras
pronunciadas cuando Jesús tenía cuarenta días se cumplen en este momento.
Alcanzan ahora su plenitud total. Y María avanza, traspasada por esta invisible
espada, hacia el Calvario de su Hijo, hacia su propio Calvario. La devoción
cristiana la ve con esta espada clavada en su corazón, y así la representa en
pinturas y esculturas. ¡Madre Dolorosa!
“¡Oh tú que
has padecido junto con Él!”, repiten los fieles, íntimamente convencidos de que
así justamente debe expresarse el misterio de este sufrimiento. Aunque este
dolor le pertenezca y le afecte en lo más profundo de su maternidad, sin
embargo, la verdad plena de este sufrimiento se expresa con la palabra
“compasión”. También ella pertenece al mismo misterio: expresa en cierto modo la
unidad con el sufrimiento del Hijo.
QUINTA
ESTACIÓN
Simón Cireneo ayuda a Jesús
Simón de
Cirene, llamado a cargar con la cruz (cf. Mc 15,21; Lc 23,26), no la quería
llevar ciertamente. Hubo que obligarle. Caminaba junto a Cristo bajo el mismo
peso. Le prestaba sus hombros cuando los del condenado parecían no poder
aguantar más. Estaba cerca de él: más cerca que María o que Juan, a quien, a
pesar de ser varón, no se le pide que le ayude. Le han llamado a él, a Simón de
Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, como refiere el evangelio de Marcos (Mc
15,21). Le han llamado, le han obligado. ¿Cuánto duró esta coacción? ¿Cuánto
tiempo caminó a su lado, dando muestras de que no tenía nada que ver con el
condenado, con su culpa, con su condena? ¿Cuánto tiempo anduvo así, dividido
interiormente, con su barrera de indiferencia entre él y ese Hombre que sufría?
“Estaba desnudo, tuvo sed, estaba preso” (cf. Mt 25,35.36), llevaba la cruz… ¿La
llevaste conmigo?... ¿La has llevado conmigo verdaderamente hasta el final?
No se sabe.
San Marcos refiere solamente el nombre de los hijos del Cireneo y la tradición
sostiene que pertenecían a la comunidad de cristianos allegada a San Pedro (cf.
Rom 16,13).
SEXTA
ESTACIÓN
La Verónica limpia el rostro de Jesús
La
tradición nos habla de la Verónica. Quizá ella completa la historia del Cireneo.
Porque lo cierto es que –aunque, como mujer, no cargara físicamente con la cruz
y no se la obligara a ello- llevó sin duda esta cruz con Jesús: la llevó como
podía, como en aquel momento era posible hacerlo y como le dictaba su corazón:
limpiándole el rostro.
Este
detalle, referido por la tradición, parece fácil de explicar: en el lienzo con
el que se secó su rostro han quedado impresos los rasgos de Cristo. Puesto que
estaba todo él cubierto de sudor y sangre, muy bien podía dejar señales y
perfiles.
Pero el
sentido de este hecho puede ser interpretado también de otro modo, si se
considera a la luz del sermón escatológico de Cristo. Son muchos indudablemente
los que preguntarán: “Señor, ¿cuándo hemos hecho todo esto?” y Jesús responderá:
“Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo
hicisteis” (Mt 25,40). El Salvador, en efecto, imprime su imagen sobre todo acto
de caridad, como sobre el lienzo de la Verónica.
SÉPTIMA
ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
“Yo soy un
gusano, no un hombre; el oprobio de los hombres y el desecho del pueblo” (Sal 22
[21,7): las palabras del Salmista-profeta encuentran su plena realización en
estas estrechas, arduas callejuelas de Jerusalén, durante las últimas horas que
preceden a la Pascua. Ya se sabe que estas horas, antes de la fiesta, son
extenuantes y las calles están llenas de gente. En este contexto se verifican
las palabras del Salmista, aunque nadie piense en ellas. No paran mientes en
ellas ciertamente todos cuantos dan pruebas de desprecio, para los cuales este
Jesús de Nazaret que cae por segunda vez bajo la cruz se ha hecho objeto de
escarnio.
Y Él lo que
quiere, quiere que se cumpla la profecía. Cae, pues, exhausto por el esfuerzo.
Cae por voluntad del Padre, voluntad expresada asimismo en las palabras del
Profeta. Cae por propia voluntad, porque “¿cómo se cumplirían, si no, las
Escrituras?” (Mt 26,54): “Soy un gusano y no un hombre” (Sal 22 [21, 7); por
tanto, ni siquiera “Ecce Homo” 8Jn 19,5); menos aún, peor todavía.
El gusano
se arrastra pegado a tierra; el hombre, en cambio, como rey de las criaturas,
camina sobre ella. El gusano carcome la madera: como el gusano, el remordimiento
del pecado roe la conciencia del hombre. Remordimiento por esta segunda caída.
OCTAVA
ESTACIÓN
Jesús y las mujeres de Jerusalén
Es la
llamada al arrepentimiento, al verdadero arrepentimiento, al pesar, en la verdad
del mal cometido. Jesús dice a las hijas de Jerusalén que lloran a su vista: “No
lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc
23,28). No podemos quedarnos en la superficie del mal, hay que llegar a su raíz,
a las causas, a la más honda verdad de la conciencia.
Esto es
justamente lo que quiere darnos a entender Jesús cargado con la cruz, que desde
siempre “conocía lo que en el hombre había” (Jn 2,25) y siempre lo conoce. Por
eso El debe ser en todo momento el más cercano testigo de nuestros actos y de
los juicios que sobre ellos hacemos en nuestra conciencia. Quizá nos haga
comprender incluso que estos juicios deben ser ponderados, razonables, objetivos
–dice: “No lloréis”-; pero, al mismo tiempo, ligados a todo cuanto esta verdad
contiene: nos lo advierte porque es El el que lleva la cruz. Señor, ¡dame saber
vivir y andar en la verdad!
NOVENA
ESTACIÓN
Tercera caída
“Se
humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2,8). Cada
estación de esta Vía es una piedra miliar de esa obediencia y ese anonadamiento.
Captamos el
grado de ese anonadamiento cuando leemos las palabras del Profeta: “Todos
nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé
cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Is 53,6).
Comprendemos el grado de este anonadamiento cuando vemos que Jesús cae una vez
más, la tercera, bajo la cruz. Cuando pensamos en quién es el que cae, quién
yace entre el polvo del camino bajo la cruz, a los pies de gente hostil que no
le ahorra humillaciones y ultrajes…
¿Quién es
el que cae? ¿Quién es Jesucristo? “Quien, existiendo en forma de Dios, no reputó
como botín codiciable ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de
siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se
humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muere en la cruz (Flp 2,6-8)
DÉCIMA
ESTACIÓN
Jesús, despojado de sus vestidos
Cuando
Jesús, despojado de sus vestidos, se encuentra ya en el Gólgota (cf. Mc 15,24,
etc) nuestros pensamientos se dirigen hacia su Madre: vuelven hacia atrás, al
origen de este cuerpo que ya ahora, antes de la crucifixión, es todo él una
llaga (cf. Is 52,14). El misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios toma cuerpo
en el seno de la Virgen (cf. Mt 1,23; Lc 1, 26-38). El Hijo de Dios habla al
Padre con las palabras del Salmista: “No te complaces tú en el sacrificio y la
ofrenda…, pero me has preparado un cuerpo” (Sal 40 , 39, 8.7; Heb 10,6.5). El
cuerpo del hombre expresa su alma. El cuerpo del hombre expresa su alma. El
cuerpo de Cristo expresa el amor al Padre: “Entonces dije: ¡Heme aquí que
vengo!... para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Sal 40 (39), 9; Heb 10,7). “Yo
hago siempre lo que es de su agrado” (Jn 8,29). Este cuerpo desnudo cumple la
voluntad del Hijo y la del Padre en cada llaga, en cada estremecimiento de
dolor, en cada músculo desgarrado, en cada reguero de sangre que corre, en todo
el cansancio de sus brazos, en los cardenales del cuello y espaldas, en el
terrible dolor de las sienes. Este cuerpo cumple la voluntad del Padre cuando
encierra en sí el inmenso dolor de la humanidad profanada.
El cuerpo
del hombre es profanado de varias maneras.
En esta
estación debemos pensar en la Madre de Cristo, porque bajo su corazón, en sus
ojos, entre sus manos el cuerpo del Hijo de Dios ha recibido una adoración
plena.
UNDÉCIMA
ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz
“Han
taladrado mis manos y mis pies y puedo contar todos mis huesos” (Sal 22 (21),
17-18). “Puedo contar…”: ¡qué palabras proféticas! Sabemos que este cuerpo es un
rescate. Un gran rescate es todo este cuerpo es un rescate. Un gran rescate es
todo este cuerpo: las manos, los pies y cada hueso. Todo el Hombre en máxima
tensión: esqueleto, músculos, sistema nervioso, cada órgano, cada célula–toda en
máxima tensión. “Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todo a mí” (Jn
12,32). Palabras que expresan la plena realidad de la crucifixión. Forma parte
de ésta también la terrible tensión que penetra las manos, los pies y los
huesos: terrible tensión del cuerpo entero que, clavado como un objeto a los
maderos de la cruz, va a ser aniquilado hasta el fin, en las convulsiones de la
muerte. Y en la misma realidad de la crucifixión entra todo el mundo que Jesús
quiere atraer a Sí (cf. Jn 12,32). El mundo está sometido a la gravitación del
cuerpo, que tiende por inercia hacia lo bajo.
DUODÉCIMA
ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
Jesús
clavado en la cruz, inmovilizado en esta terrible posición, invoca al Padre (cf.
Mc 15,34; Mt 27,46; Lc 23,46). Todas las invocaciones atestiguan que Le es uno
con el Padre. “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10,30); “El que me ha
visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9); “Mi Padre sigue obrando todavía, y por
eso obro yo también” (Jn 5,17).
He aquí el
más alto, el más sublime obrar del Hijo en unión con el Padre. Sí: en unión, en
la más profunda unión, justamente cuando grita: Eloí, Eloí, lama sabachtani?:
“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34; Mt 27,46). Este
obrar se expresa con la verticalidad del cuerpo que pende del madero
perpendicular de la cruz, con la horizontalidad de los brazos extendidos a lo
largo del madero transversal. El hombre que mira estos brazos puede pensar que
con el esfuerzo abrazan al hombre y al mundo. Abrazan.
He aquí el
hombre. He aquí a Dios mismo. “En Él… vivimos y nos movemos y existimos” (Act
17,28. En Él: en estos brazos extendidos a lo largo del madero transversal de
la cruz.
El misterio
de la Redención.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús en brazos de su madre
En el
momento en que el cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de la
Madre, vuelve a nuestra mente el momento en que María acogió el saludo del ángel
Gabriel: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús… Y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre… y su reino no
tendrá fin” (Lc 1,31-33). María sólo dijo: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc
1,38), como si desde el principio hubiera querido expresar cuanto estaba
viviendo en este momento.
En el
misterio de la Redención se entrelazan la gracia, esto es, el don de Dios mismo,
y “el pago” del corazón humano. En este misterio somos enriquecido con un Don de
lo alto (Sant 1,17) y al mismo tiempo somos comprados con el rescate del Hijo de
Dios (cf. 1 Cor 6,20; 7,23; Act 20, 28). Y María, que fue más enriquecida que
nadie con estos dones, es también la que paga más. Con su corazón.
A este
misterio está unida la maravillosa promesa formulada por Simeón cuando la
presentación de Jesús en el templo: “Una espada atravesará tu alma para que se
descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,35).
También
esto se cumpla. ¡Cuántos corazones humanos se abren ante el corazón de esta
Madre que tanto ha apagado!
Y Jesús
está de nuevo todo él en sus brazos, como lo estaba en el portal de Belén (cf.
2,16), durante la huida a Egipto (cf. Lc 2,16), en Nazaret (cf. Lc 2,39-40). La
Piedad.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Entierro de Jesús
Desde el
momento en que el hombre, a causa del pecado, se alejó del árbol de la vida (cf.
Gén 3), la tierra se convirtió en un cementerio. Tantos sepulcros como hombres.
Un gran planeta de tumbas.
En las
cercanías del Calvario había una tumba que pertenecía a José de Arimatea (cf. Mt
27,60). En este sepulcro, con el consentimiento de José, depositaron el cuerpo
de Jesús una vez bajado de la cruz (cf. Mc 15,42-46), etc.) Lo depositaron
apresuradamente, para que la ceremonia acabara antes de la fiesta de Pascua (cf.Jn
19,31), que empezaba en el crepúsculo.
Entre todas
las tumbas esparcidas por los continentes de nuestro planeta, hay una en la que
el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo, ha vencido a la muerte con la muerte. O
mors! Ero mors tua!: “Muerte, ¡yo seré tu muerte!” (1ª antif. Laudes del Sábado
Santo). El árbol de la Vida, del que el hombre fue alejado por su pecado, se ha
revelado nuevamente a los hombres en el cuerpo de Cristo. “Si alguno como de
este pan, vivirá para siempre, y el pan que le daré es mi carne, vida del mundo”
(Jn 6,51).
Aunque se
multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta, aunque crezca el cementerio
en el que el hombre surgido del voto retorna la polvo (cf. Gén 3,19), todos los
hombres que contemplan el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la
Resurrección.
Via
Crucis compuesto por Karol Wojtyla, el Papa Juan Pablo II.
Incluido en el
libro "Signos de contradicción", editado por la BAC.
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